La sangre de Jesucristo continuamente nos limpia de pecado. Caminamos en la luz de su amor incondicional–libre de condenación

Una cuesta realizada recientemente a quinientas personas preguntaba: “Cuando experimentas culpa, ¿qué sientes?”  Sus respuestas se enfocaban en las emociones negativas que la culpa desarrolla.  “Cuando experimento culpa, pienso en el castigo” fue la respuesta predominante.  Otros dijeron que se sentían deprimidos con un sentido de inutilidad y pérdida de la autoestima.  

Para muchos, la culpa es una carga con la que deben lidiar todos los días.  Ellos sufren indescriptiblemente.  Pero las buenas nuevas del Evangelio de Jesucristo son la cura para la culpa.  Él ofrece la única esperanza y el perdón que alivia la confusión intensa que resulta del pecado y de las acciones pecaminosas.  Sin embargo, demasiados Cristianos no saben del remedio proveído a través de la cruz.  Tienen el concepto equivocado de la definición bíblica de “culpa” y no saben cómo lidiar con sus implicaciones.

Las tres palabras Griegas de donde proviene la palabra culpa en el Nuevo Testamento expresan el significado de “ser responsable de algo.”  

Para la persona que nunca ha confiado en Cristo como su Salvador, la culpa es un problema legítimo.  Ya que la culpa es una consecuencia del pecado y todo hombre es nacido separado de Dios, la humanidad–apartada de Dios–experimenta culpa.  La fe personal en Jesucristo es el único método que quita nuestra culpa.  La muerte sustitutiva de Cristo pagó el precio por el pecado, dándonos perdón por nuestro pecado y por nuestra culpa ante un Dios justo y santo.

Así que, los incrédulos son culpables ante Dios–responsables por sus acciones pecaminosas y responsables ante el Juez de todo hombre.  Ellos han violado la ley y los mandamientos de Dios y, sin fe en Cristo, no pueden ser perdonados.  Cuando sean traídos frente a Cristo para el juicio, su culpa los condenará y su separación de Dios y de su amor será eterna.  Para los creyentes, la culpa ante Dios ha sido quitada por la sangre derramada de Jesucristo, satisfaciendo la justicia santa de Dios:  “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz…”  (1 Pedro 2:24).  “Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él…” “Y no sólo esto, sino que también nos gloriaremos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido reconciliación” (Romanos 5:9, 11).

Ya que Cristo ha pagado nuestra deuda de pecado, ahora somos justificados–declarados no culpables por Dios.  Piensa en eso.  Dios dice que ya no estas distanciado de Él una vez que recibes a su Hijo como tu Salvador del pecado:  “Hijitos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis.  Y si alguno peca, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Él mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”  (1 Juan 2:1-2).

Cuando Cristo murió hace como dos mil años, todos nuestros pecados estaban en el tiempo futuro.  Somos perdonados de todos nuestros pecados futuros así como de los pasados por la gracia de Dios.  La sangre de Jesucristo continuamente nos limpia de nuestro pecado.  

Nosotros caminamos en la luz de su amor incondicional–libre de condenación.  La ira de Dios fue agotada en su propio Hijo para que nosotros pudiéramos recibir su gracia y misericordia.   

La condenación cae sólo sobre aquellos que rechazan a Jesús: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él.  El que cree en Él no es condenado, pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”  (Juan 3:17-18).  No hay un versículo en la Escritura que indique que el creyente debe sentirse castigado–que su autoestima está amenazada por lo que ha hecho.  

El problema más grande al lidiar con nuestra culpa es nuestra idea equivocada del carácter y la naturaleza de Dios.  Nosotros pensamos que podemos reducir a Dios a nuestro nivel.  Pensamos que Él responde como nosotros; y como somos prontos para castigar a aquellos que nos hacen mal, le atribuimos la misma característica a Dios.  Nuestra cuenta con Dios está limpia por medio de la muerte expiatoria de Cristo.  Ya que Dios nos ha perdonado, ¿quién nos puede acusar? (Juan 8:10-11).

Algunas personas tienen la noción de que una vez que pecan y le piden a Dios que los perdone, deben empezar de nuevo completamente.  Su relación con Dios es inconsistente–siempre ensombrecida por la culpa.  El problema con esa idea es que nuestro perdón no está basado en nuestra confesión de pecado sino en la cruz de Cristo.  La confesión y el arrepentimiento renuevan nuestro compañerismo con Cristo, pero no lidian con nuestra culpa ante Dios.  Eso fue resuelto de una vez por todas en el Calvario.  Ya no somos pecadores culpables.  Somos hijos de Dios redimidos, santificados, reconciliados, justificados, y perdonados.

¿Los creyentes experimentan culpa? Si, por varias razones–todas, sin embargo, son por nuestro bien, no nuestro detrimento.  Los sentimientos de culpa vienen cuando pecamos.  Nosotros cometemos errores.  Desobedecemos la Palabra de Dios.  Dejamos que el pecado nos haga esclavos por un tiempo.  Cuando lo hacemos, nuestras conciencias están incómodas–y deberían de porque ese es el Espíritu Santo declarándonos culpables de pecado.  

¿Eso significa que podemos pecar y no sentir remordimiento? Definitivamente no.  Dios nos disciplina por el pecado–no para castigarnos sino para corregirnos y guardarnos de más daño.  ¿Acaso estoy minimizando las consecuencias del pecado? Nunca.  Las heridas del pecado pueden sanar, pero las cicatrices a veces se quedan marcadas.  Lo que estoy haciendo es exaltar la gracia de Dios, la cual es dada abundantemente a los creyentes.  La Gracia nos da lo que no merecemos.

Cuando Dios nos corrige por nuestro pecado, lo hace para ayudarnos, no destruirnos:  “Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte.” (2 Corintios 7:10).

Esta es una condena apropiada de parte de Dios, pero hay muchas causas de culpa que son ilegítimas.  Muchos niños crecen en casas de padres solteros.  De alguna manera ellos se sienten responsables por el divorcio de sus padres.  Los padres sufren del mismo problema.  “Si tan sólo hubiera hecho más por mi hijo, no se hubiera vuelto así,” se lamentan.  Esta es una culpa falsa.  No es el trabajo del Espíritu Santo–condenándonos por un pecado específico–sino la manera engañosa de Satanás para mantenernos en esclavitud.  No es bíblica.  

Los Cristianos atormentados por este tipo de culpa a menudo se vuelven ineficaces para el trabajo del reino de Dios.  Se sienten tan inadecuados, tan temerosos, tan tímidos que no pueden imaginarse a Dios usándolos para una contribución positiva.  Los sentimientos falsos de culpa usualmente se enfocan en el pasado.  Si es un pecado específico, la confesión y el arrepentimiento restoran nuestro compañerismo con Dios y alcanzan su meta de corrección.  Si todavía nos sentimos bajo condena, estamos dejando que la culpa falsa nos enrede.  Cuando eso pasa, no podemos experimentar el amor de Dios completamente:  ¿Cómo nos puede amar si Él está enojado con nosotros?” Debemos reconocer la astucia del diablo y aceptar el amor incondicional de Dios que es nuestro por la fe en Cristo.  

Es inútil tener una fiesta de lástima interminable, pensando que nuestro dolor puede de alguna manera ganarnos el perdón de Dios.  Puede que nos haga sentir mejor por el momento, pero sólo Cristo nos da perdón a través de la cruz.  Somos libres para disfrutar de Dios como sus hijos.  No tenemos que castigarnos o estar atrapados por la culpa falsa.  No hicimos nada para ganarnos nuestra salvación, y no podemos hacer nada para ganarnos el perdón por los pecados de hoy.  Sólo podemos descansar en el trabajo de redención y reconciliación de Cristo.

No entender que nuestra culpa fue expiada por la muerte de Cristo resulta en una existencia espiritual estancada.  La culpa falsa lleva a algunas personas a conductas impulsivas.  Ellos tratan de mantenerse ocupados para mantener a la culpa alejada.  Piensan que estar solos con Dios es horroroso.  No pueden hacerle frente a la quietud.  Quedarse en silencio con el Padre Celestial les da miedo.

La depresión es aún otro producto de la culpa falsa.  Ya que ellos piensan que viven bajo la condenación de Dios, son fácilmente desanimados y desalentados.  Se sienten indignos del amor de Dios.  El espiral de depresión los hunde más y más en desilusión hasta que se sienten sin esperanza.

Pero es la voluntad de Dios que resolvamos toda la culpa real de la que se nos informa a través del trabajo de condena del Espíritu Santo.  En el momento que confesamos y nos arrepentimos de nuestro pecado, ya no hay base para sentir culpa.  El beneficio maravilloso de la cruz ha sido apropiado y personalmente experimentado.  No podemos pagar por algo que Dios ya pagó.  Cuando Él murió en la cruz, nuestra deuda de pecado–junto con nuestra culpa ante Dios–fue pagada por completo.  No podemos agregarle nada a su provisión completa.  

Si, habrá consecuencias naturales por nuestro pecado. Pero ¿nos quedamos estancados en autocompasión? O asumimos nuestra posición legítima como hijos e hijas perdonados(as) por Dios y seguimos adelante en su justicia?  Si no lo hacemos, no podemos contribuir de una manera significativa al trabajo de Cristo.  Titubearemos para encajar en sus planes.

Si tú no eres salvo, Dios está usando tu culpa para acercarte a Él.  Si no has recibido su perdón–pagado totalmente en el Calvario–hazlo hoy.  Si estas sufriendo por culpa, determina si es culpa real o falsa.  ¿Hay algún pecado específico del que el Espíritu Santo te ha informado?  Confiésalo, apártate de él, y dale gracias a Dios por su perdón ya proveído a través la cruz.  Si no puedes identificar la culpa–si es incierta y inespecífica, rechaza su esclavitud y acepta el amor incondicional de Dios.

Eres amado.  Tu culpa ante Dios fue quitada en la cruz.  Puedes caminar bajo la sombra de su gracia y su misericordia.  Puedes disfrutar de Dios y experimentar el bendecido compañerismo con tu Creador y Salvador.  Alábalo por resolver el problema de la culpa en el Calvario; recibe su perdón; y empieza el camino de la vida abundante.

Por el Dr. Charles F. Stanley

Este artículo también está disponible en:  Inglés

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