He aconsejado a cristianos que han arrojado cosas, golpeado y aún estrangulado a sus esposas. Perdí la cuenta de la cantidad que fueron despedidos de sus trabajos después de haber tenido un ataque de ira.

En el pasado, los sicólogos cristianos aconsejaban: “Desahóguese. Si Ud. reprime la bronca, terminará con una úlcera o algo peor.” Juan Powell, autor de “¿Por qué temo decirte quién soy?”, agrega: “Cuando yo reprimo mis emociones, mi estómago es el que lleva la cuenta”. Pero ¿es bíblico darle rienda suelta a nuestra bronca? Jesús compara la agresión con el asesinato “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:22). Pablo incluye los ataques de rabia entre los actos de la naturaleza peca “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas, acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21).

Algunos encuentran asidero bíblico en Efesios 4:26, “Airaos pero no pequéis… no se ponga el sol mientras todavía estáis enojados”. Pero ¿acaso dice que le demos rienda suelta a nuestra bronca?

Nadie se preocupa por consultar en el A.T. lo que Pablo cita: “Temblad, y no pequéis; meditad en vuestro corazón estando en vuestra cama, y callad. Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en Jehová” (Salmos 4:4-5). La Septuaginta marca esto con mayor claridad: “siente compunción (remordimiento) cuando estás en tu cama por lo que dices en tu corazón”.

En síntesis, lo que necesitamos no es ventilar nuestra agresión sino recibir el perdón de Dios.

Es cierto que existe una “ira justa”; Jesús también se enojó. Cuando los que cambiaban dinero convirtieron la Casa de Dios en una cueva de ladrones, o los fariseos se negaron a que curara a un inválido en el sábado, el Señor expresó ira.

Sin embargo, cuando lo arrestaron y juzgaron ilegalmente. Él se mantuvo en paz. Cuando los hombres negaban y violaban sus derechos como Hijo de Dios, guardó silencio.

Tal vez podríamos definir la “indignación correcta” como la ira que surge ante el trato injusto dado a otros. La mayor parte de nuestra ira, sin embargo, no pertenece a esta categoría. Nosotros nos enojamos cuando nos hieren a nosotros. Decimos: “Me siento bien cuando libero mi agresión”, o: “Esto me baja la presión sanguínea”.

Pero la Biblia nos advierte sobre las duras consecuencias de expresar la ira:

  • “Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, lento para hablar y lento para la ira; pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:19-20).
  • “El hombre iracundo promueve contiendas; mas el que tarda en airarse apacigua la rencilla” (Proverbios 15:18).
  • “No te entremetas con el iracundo, ni te acompañes con el hombre de enojos, no sea que aprendas sus maneras, y tomes lazo para tu alma” (Proverbios 22:24-25).
  • “El necio da rienda suelta a toda su ira, mas el sabio al fin la sosiega” (Proverbios 29:11).

En un libro nuevo, muy controvertido, titulado “Agresión – La Emoción Malentendida” (Simón & Schuster, 1982), Carol Tavris escribe, “La sicología racional de ventilar la agresión no resiste el escudriñamiento experimental. El peso de la evidencia indica precisamente lo contrario. Expresar la ira trae más ira, solidifica una actitud de enojo y establece un hábito hostil. Si Ud. se conserva calmo frente a una irritación momentánea y se distrae con actividades placenteras hasta que su furia se diluya, tiene posibilidades de sentirse mejor y de hacerlo más rápidamente, que si se deja llevar por una discusión. Una sociedad acostumbrada a no controlar la ira pasa por alto el vínculo social del afecto y la empatía, y corre el peligro de desintegrarse desde adentro”.

Otros investigadores, como Jack Hokanson de la Universidad del Estado de Florida, coinciden:

El mito de que expresar la agresión alivia la tensión ya no existe (Newsweek, enero 83).

¿Cómo nos libramos de esto? Si la solución no es expresamos, ¿cuál es?

Aunque el pasaje de Efesios no recomienda la ira descontrolada, sí nos anima a enfrentar nuestro enojo antes de que Satanás “ponga su pie en la puerta”, “y no deis lugar al diablo” (Efesios 4:27). Hacia el final del capítulo Pablo expresa la misma idea. “Sean quitados de vosotros toda amargura, ira, enojo, gritos, maledicencia, y toda malicia” (Efesios 4:31). Cuando no eliminamos la amargura, caemos más profundamente en pecado. Como con la mayoría de las tentaciones, si logramos detener el proceso a tiempo estamos salvados. Sin embargo, una vez que pasamos un cierto punto ya está más allá de nuestro control. La progresión comienza con la amargura, que es la ruta a la agresión. “Mirad, no sea que alguno no llegue a alcanzar la gracia de Dios; que ninguna raíz de amargura, brotando, cause dificultades, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos 12:15).

Si no conquistamos la amargura de inmediato, nos conducirá lentamente hacia la bronca. La palabra griega para amargura es thumos, que significa “empezar a calentarse”. Es diferente de la próxima palabra en la progresión, orgé, que está traducida como enojo. De acuerdo con W. E. Vine, thumos expresa un sentimiento interno, mientras que orgé representa una emoción activa. Thumos puede ser albergada hasta que eventualmente explote enorgé.

Aquí es donde entra en juego el síndrome emocional que el consejero H. Norman Wright llama cupón. Nosotros archivamos cada irritación en los libros de nuestra memoria. Una vez que coleccionamos suficientes cupones, le sacamos provecho al archivo.

Imaginemos, por ejemplo, que los niños hayan dejado sus bicicletas afuera otra vez. Puede ser que hayan dejado la luz encendida, o que estén afuera jugando a la pelota en vez de estar haciendo sus deberes.. “Me callaré”, nos decimos. “La Biblia dice que es gloria del hombre pasar por alto una ofensa”. “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa” (Proverbios 19:11). Pero cuando Juancito derrama su leche en la cena, sacamos a relucir los cupones que habíamos archivado. La familia se asombra de nuestra explosión. “Es sólo un vaso de leche”…

Pablo menciona tres formas en que se manifiesta el enojo. “Alborotar” significa gritar o llorar, lo cual puede volverse en “calumnia” cuando difamamos a alguien. Después, nuestro carácter asesino se toma rencoroso y “malicioso”, con el deseo de lastimar o herir a otra persona.

El Señor le preguntó a Caín: “¿Por qué estás enojado?” Luego le advirtió: “¿Por qué te enojas y pones tan mala cara? Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú puedes dominarlo a él” (Génesis 4:6-7). Caín nunca lo dominó. A pesar de que su amargura era contra Dios, se desquitó con su hermano Abel. A veces, la malicia se vuelve contra nosotros mismos resultando en suicidio.

¿Cómo podemos manejar nuestra amargura y nuestro enojo para ponerle freno a esta horrible progresión? Las Escrituras dicen: “Y sed amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32). Cuando empezamos a comprender cuánto nos perdonó Dios, comienza a resultamos más fácil perdonar a otros.

Perdonar significa pasar por alto una ofensa. Demasiado a menudo, nos ofendemos porque pensamos que nuestros derechos han sido violados. Algunos de estos “derechos” son:

  • El derecho de tener y controlar nuestras pertenencias personales.
  • El derecho de usar nuestro dinero en la forma que creamos conveniente.
  • El derecho de ser escuchados, respetados y tratados con justicia.
  • El derecho de que algún miembro de la familia nos ayude en las tareas domésticas.

Supongamos que yo tenga el derecho de guardar mi tijera en mi escritorio. Podría enojarme cada vez que la persona a la cual se la presto no la dejara luego en su lugar. Mi hijo, por otra parte, podría enojarse si yo abriera una carta dirigida a él, aunque fuese por error. Yo estaría violando su derecho a la intimidad.

Por cada uno de los abusos a nuestros derechos. Dios tiene un derecho equivalente que ha sido negado o descuidado. En el fondo, Él tiene el derecho de controlar mis posesiones, o el derecho a que yo lo escuche y lo respete.

Cuando Cristo se hizo hombre, renunció a muchos de sus derechos (Filipenses 2:6-11). ¿Cómo podríamos esperar ser menos? Ceder nuestros derechos es la clave para el perdón personal. Nuestro Señor nos ha dado el ejemplo: “y quien cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquél que juzga con justicia” (1 Pedro 2:23).

El Señor Jesús le devolvió sus derechos a su Padre, dejándole a Él la justicia y venganza. Cristo dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará.” (Lucas 9:23-24). Nuestra agresión puede estar mostrando que no hemos cedido nuestros derechos. El Salmos 4:4-5, citado por Pablo, nos muestra cómo apagar la alarma: Buscar ser perdonados y cederle nuestros derechos a Dios.

Parte de dejar la venganza a Dios significa pagar el mal con el bien (Romanos 12:17-21). Consideremos el ejemplo de Moisés. Aunque Aarón y Miriam le negaron su derecho a liderar. Moisés se rehusó a defenderse. Él le confió el problema a Dios. Como resultado, “la ira de Dios ardió alrededor de ellos” y Él afligió a María con lepra (Numeros 12:1-12). Moisés oró por su salud. Él no buscaba vengarse; había abandonado este derecho.

Dos influyentes oradores, Carlos Spurgeon y José Parker, ocuparon pulpitos en Londres durante el siglo XIX. En una ocasión, Parker comentó la pobreza de los niños que eran admitidos en el orfanato de Spurgeon. Sin embargo, a Spurgeon le dijeron que Parker había “criticado” al orfanato. Siendo un hombre de temperamento fuerte, Spurgeon criticó a Parker duramente desde su pulpito. Este ataque salió impreso en el periódico y se convirtió en la habladuría del pueblo. El domingo siguiente, los londinenses acudieron en tropel a la iglesia de Parker para escuchar su refutación. “Creo que el Dr. Spurgeon no está en su pulpito hoy, y que éste es el domingo que usan para recoger la ofrenda para el orfanato”, dijo Parker. “Sugiero que hagamos una ofrenda de amor aquí para el orfanato.” La multitud se quedó encantada; los ujieres pasaron tres veces el plato de la ofrenda. Durante el transcurso de esa misma semana alguien llamó a la puerta del estudio de Parker. Era Spurgeon. “Ud. sabe, Parker, que ha practicado la gracia conmigo,” dijo. “Ud. no me ha dado lo que yo merecía, Ud. me ha dado lo que yo necesitaba.”

Que podamos aplicar Efesios 4:31-32 así de bien.

por Mark Porter

Este artículo también está disponible en:  Inglés

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