Si la muerte es la ladrona de todas nuestras posesiones materiales, el miedo es el ladrón de todas las alegrías espirituales.  

El miedo tiene muchas formas y todo Cristiano puede esperar ser afectado por una cantidad de ellas.  El miedo es su expresión más moderada puede ser la timidez, el recelo, la preocupación, la ansiedad, la inseguridad, la inquietud, o la indecisión.  También puede expresarse en formas más violentas: el terror, el horror, el pavor, el pánico, el frenesí, la alarma, o el espanto.   

El término general “fobias” incluye una gran cantidad de miedos ilógicos.  Hay cientos de ellas, literalmente.  Una fobia existe cuando una persona tiene una preocupación constante sobre una experiencia de la vida común.  Puede ser ir al dentista, volar en un avión, manejar un automóvil, conocer a alguien nuevo, y muchas cosas más.  Muchas de estas fobias tienen nombres científicos como la hidrofobia, el miedo al agua; la claustrofobia, el miedo a espacios cerrados; la agorafobia, el miedo a espacios abiertos sin una cubierta protectora; la ailurofobia, el miedo a los gatos, más montones de otras fobias.

Franklin Roosevelt, que fue presidente de los Estados Unidos, dijo en uno de sus más conocidos discursos, “No hay nada que temer más que al miedo mismo.”  El miedo al miedo es muy grave y muchas veces resulta en trastornos nerviosos.

Un miedo profundamente arraigado invariablemente engendra muchos otros miedos y cada miedo se fortalece con el otro hasta que el mundo entero parece envolver a la víctima temerosa.  

La mayoría de los Cristianos se avergüenzan de sus patrones de miedo y tienen sentimientos secretos de culpa por tenerlos.  Ellos creen que si estuvieran viviendo para el Señor no le tendrían miedo a nada en la vida o en la muerte.  Han leído aquellos versículos como 2 Timoteo 1:7, “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio.”  O 1 Juan 4:18, “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme no es hecho perfecto en el amor.” O Deuteronomio 31:6, “Sed firmes y valientes, no temáis ni os aterroricéis ante ellos, porque el Señor tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará.”

¿Entonces por qué, si estos versículos son verdaderos, tienen miedo los Cristianos?  ¿Por qué el recibir al Señor Jesucristo y volverse una nueva criatura en Él no elimina cualquier sensación de miedo?

La respuesta es extremadamente simple y sin embargo es muchas veces ignorada.

Cuando una persona nace en este mundo, es nacida en un ambiente de hostilidad.  Hay aquellos que creen que los bebés nacen con miedos instintivos, como el miedo a la oscuridad, al caerse, o al quedarse solo.  Puede que eso sea verdad, pero lo que definitivamente es verdad es que el miedo se desarrolla rápidamente, y a como sigue la vida, más miedos son añadidos con nuevas experiencias.  

Los psicólogos y los psiquiatras han tratado de inculcarles a sus pacientes una actitud ante la vida libre de preocupaciones, de culpa, y de miedo, pero sólo pueden tener éxito parcialmente.  Muchas veces los miedos temporales son eliminados con el conocimiento del problema, pero bajo la superficie estos miedos están listos para ser reactivados.  

Las Escrituras nos dan una base para entender porque existe el miedo–aún en las vidas de muchos Cristianos. Cuando una persona recibe al Señor Jesucristo como su Salvador personal, no pierde su identidad con este mundo.  La naturaleza pecaminosa no es reformada; muere con Cristo en el Calvario.  Por lo tanto, la naturaleza pecaminosa está muerta para Dios.  Pero el hombre natural todavía está bastante vivo para el mundo y reacciona ante sus alrededores.  El recibir a Cristo como Salvador personal no quiere decir que la naturaleza de la carne es destruida.  

El paso de poner la fe en Cristo provoca un nacimiento que viene desde arriba; una creación nueva entra en el cuerpo.  Esta creación nueva es descrita en Efesios 4:23-24, “Y que seáis renovados en el espíritu de vuestra mente, y os vistáis del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad.”  También es descrita en Colosenses 3:9-10, “… puesto que habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó.”

Esta nueva naturaleza es concebida por el Espíritu Santo.  Es nacida de Dios y no puede pecar, así que no puede sentir miedo.  “Sabemos que todo lo que ha nacido de Dios, no peca” (1 Juan 5:18).  “Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.”  Esto corresponde con la verdad de que la nueva creación que surge al recibir a Cristo como Salvador es creada a semejanza de Dios y por lo tanto no puede hacer mal.  

Sin embargo, esto no afecta de ninguna manera las características básicas de la vieja naturaleza. De nuevo, es cierto que Dios ve al hombre viejo como si hubiese sido crucificado con Cristo (Romanos 6:6), pero el hombre viejo, como lo dice Pablo, todavía es malo y sujeto al miedo.

Entonces una paradoja es establecida dentro del creyente.  Se convierte en dos personas al mismo tiempo; el hombre viejo vendido bajo el pecado, y el hombre nuevo creado a la imagen de su Creador.  De esta manera, el conflicto entre esas dos naturalezas se vuelve parte de la vida del creyente.  “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis” (Gálatas 5:17).  El miedo se apodera del cuerpo y debilita la posición del Cristiano cuando la nueva naturaleza no se desarrolla o no es alimentada adecuadamente.

Podría decirse que un Cristiano alerta puede estar completamente tranquilo en su nueva naturaleza y aún estar temeroso en su vieja naturaleza.  Si en alguna ocasión descubres eso, entonces verás la verdad de Romanos 7:17, “Así que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí.”

Veamos de nuevo a 2 Timoteo 1:7.  Dios nos ha dado un nuevo nacimiento, una nueva creación, el nuevo hombre, para que podamos ver la vida con una mente sana.  En otras palabras, Él nos ha dado la habilidad de conocernos a nosotros mismos y las debilidades de nuestras viejas naturalezas.  Este hombre espiritual no está sujeto al miedo.  Este conocimiento, consecuentemente, nos permite ver a nuestras viejas naturalezas simplemente por lo que son: muertas, malas, depravadas, y muchas veces asustadas.  Pablo dice de la vieja naturaleza: “… pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo [la ley de mi vieja naturaleza] que… me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:23).  La vieja naturaleza es como un mono en nuestra espalda, constantemente tratando de ejercer sus sentimientos egocéntricos sobre la nueva naturaleza.  

El Cristiano entonces debe de ver al miedo desde la perspectiva de la nueva naturaleza; como  un hostigamiento, nada de que acongojarse.  

Alguien ha dividido los incontables miedos en seis categorías básicas.  Todos los miedos, desde el más moderado hasta el más violento, tienen su lugar en esta estructura.  Las primeras tres categorías lidian con actitudes mentales, mientras que las últimas tres están relacionadas con los aspectos físicos de la vida.  Cada Cristiano, tarde que temprano, puede enfrentarse a estos miedos:

1) El miedo a la pobreza:  Esto envuelve el deseo de tener seguridad total cuando se trata de cosas materiales.  ¿Cuántos hombres Cristianos viven por y para el trabajo y descuidan a sus esposas e hijos para poder hacer más dinero? ¿Cuántas mujeres Cristianas han empezado a trabajar para obtener más cosas materiales? ¿Cuántos Cristianos han fallado en enseñar en la Escuela Dominical, o en cantar en el coro, o en tomar posiciones dentro de la estructura de la Palabra de Dios por amor al dinero y miedo a no tenerlo?

Hacen esto a pesar de la promesa de Dios a la nueva naturaleza en Filipenses 4:19, “Y mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.”  

Claro, esto no significa que el creyente debe dejar de trabajar.  El Señor lo pone en claro en 1 Tesalonicenses 4:11. Significa que la nueva naturaleza del Cristiano, bajo el conocimiento de lo que Dios ha dicho, no se va a preocupar por el miedo a la pobreza.  

2) El miedo al criticismo.  La vieja naturaleza es muy orgullosa.  Quiere ser aceptada por todos para beneficio de sus propios deseos.  La vieja naturaleza no soporta la crítica.  

La actitud de nueva naturaleza ante el criticismo es descrita por Pablo en 1 Corintios 4:3-4, “En cuanto a mi, es de poca importancia que yo sea juzgado por vosotros, o por cualquier tribunal humano; de hecho, ni aun yo me juzgo a mí mismo.  Porque estoy consciente de nada en contra mía; mas no por eso estoy sin culpa, pues el que me juzga es el Señor.”    

3) El miedo a perder el amor.  La vieja naturaleza es impulsada pasionalmente e implacablemente en su esfuerzo por dar amor, y aún más para recibir amor.  Su búsqueda toma formas horribles.  Los celos se enfurecen cuando el amor es amenazado.  El mundo locamente explota varios aspectos del amor.  Libros y artículos son escritos sobre cómo lograr los deseos de uno.  Algunas revistas son dedicadas exclusivamente a darle a la gente sola y sin amor una oportunidad de leer sobre el amor de otros y así experimentar el amor vicariamente.  

En el mejor de los casos, todas las actividades de la vieja naturaleza para obtener amor son usadas para una adquisición temporal de amor, ya que todo amor al nivel humano llega a su fin, y la muerte es la ladrona final de aquellos que nos amaron y de aquellos que amamos.  

La perspectiva del amor de la nueva naturaleza, por otra parte, es permanente.  Al nivel humano, la calidad más alta de amor que un Cristiano le puede dar a otro es el amor espiritual.  Aunque la muerte puede separar temporalmente al amor, el amor es algo eterno, ya que en el cielo continuará por siempre.  

Hay un nivel de amor que es experimentado por la nueva naturaleza que va más allá de esto.  Es el amor de el Señor por el creyente.  Uno de los requisitos del amor en cualquier nivel es la habilidad de aceptar a otros simplemente por lo que son — sin buscar fallas, sin criticar, sin pedir nada a cambio.  Este es el tipo de amor que el Señor le da al creyente. Él nos dice que nos amó cuando aún éramos pecadores y que Cristo murió como consecuencia de este amor.  Permitir que la nueva naturaleza de uno crezca y se desarrolle bajo el calor del amor del Señor es convertirse en una persona equilibrada con respeto a sí misma y un increíble cuidado por otros seres humanos.

Lo que el Señor le dijo a Israel a través de Jeremías nos lo dice a nosotros:

“Desde lejos el Señor se le apareció, diciendo:  Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia” (Jeremías 31:3).

4) El miedo a la enfermedad.  La vieja naturaleza percibe toda enfermedad con preocupación, ya que hasta la enfermedad más leve produce incomodidad y dolor.  Un doctor declaró que no sólo las enfermedades producen miedo, sino que el miedo produce enfermedades.  “Me supongo,” dijo el doctor, “que setenta y cinco por ciento de mis pacientes vienen a verme por alguna enfermedad producida por los nervios.  Mientras que algunas de estas situaciones son inevitables, creo que la mayoría de estos problemas se podrían evitar si la gente aprendiera a relajarse y a disfrutar la vida en vez de preocuparse constantemente sobre problemas que pocas veces se materializan.”  

Hay enfermedades, por supuesto, que no tienen nada que ver con tensiones nerviosas.  Pablo aparentemente tenía esta experiencia, y en 2 Corintios 12 escribe que oraba tres veces al día sobre cierta enfermedad.  No hubo ningún cambio en su enfermedad; persistió, pero el Señor le habló a Pablo como lo hace con nosotros y le dijo, “Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.”  Esta explicación fue suficiente para Pablo, y él dijo, “Muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí.  Por eso me complazco en las debilidades” (2 Corintios 12:9-10).  Se necesita una nueva naturaleza muy bien alimentada para poder hacer esta declaración.

Esta fue la evaluación de Pablo sobre su enfermedad desde el punto de vista de su nueva naturaleza.  Su enfermedad, en vez de ser una carga, se convirtió en una bendición.  La vieja naturaleza percibe a la enfermedad como una amenaza a la comodidad, la producción, y una interferencia para los deseos de la carne.  Pablo, en su nueva naturaleza, sabia, como nosotros debemos de aprender, que la enfermedad es por la permisiva voluntad de Dios, y aunque las circunstancias pueden sorprendernos, Dios no se sorprende y no se equivoca nunca al permitir que esas cosas le sucedan al Cristiano.  La nueva naturaleza del Cristiano debe ser entregada a Dios para aceptar lo que venga, ya que al hacer esto el Señor es honrado y la fe del creyente es fortalecida.  

Después de todo, ¿no es la enfermedad una señal del aspecto temporal de esta vida?  Aunque la muerte es un enemigo, es un enemigo que ha sido conquistado.  Pablo dijo, “Pues para mi, el vivir es Cristo y el morir es ganancia… y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor” (Filipenses 1:21, 23).

5)  El miedo a la vejez.  La vieja naturaleza percibe a la vejez como un periodo de tiempo donde la productividad ya no existe.  La vejez, vista por la simple perspectiva humana, es suficiente para meterle miedo y terror a cualquier persona inteligente.  ¿Qué puede ser peor que ir y venir de hijo/a en hijo/a cuando ellos ya no necesitan padres? ¿Qué puede ser peor que ser alejado y puesto en un cuarto pequeño en una institución y esperar el fin? ¿Qué puede ser peor que una jubilación forzada para el hombre que originalmente estableció un bufete de abogados y planificó su crecimiento?  

Desde el punto de vista de la nueva naturaleza, la vejez, como la enfermedad, es una indicación de que el Cristiano se está acercando al tiempo cuando estará en la presencia de Cristo.  Si un Cristiano mayor de edad es adoctrinado completamente por lo que Dios le ha dicho a través de los años, reconocerá que Dios no está cometiendo un error al dejarlo estar en esta tierra, pues como el Señor le dijo a Josué, “Tú eres viejo y entrado de años, y todavía queda mucha tierra por conquistar” (Josué 13:1).

Los Cristianos mayores de edad deben de darle la bienvenida a este periodo de tiempo.  Los jóvenes necesitan del testimonio experto de las nuevas naturalezas de los Cristianos mayores.  Ciertamente la oración debe de ocupar gran parte del tiempo del creyente mayor.  El escribir cartas de ánimo a los misioneros, a los hospitalizados, a los nuevos en el servicio, a las estaciones de radio Cristianas debe de ocupar sus días.  La sensación de ser parte del programa de Dios debe ser disfrutada.  Pablo no sólo decía ser viejo, sino que también era prisionero. Él no se rindió ante sus circunstancias. Él no tenía miedo en su nueva naturaleza, y fue un ganador de almas hasta el final.

6) El miedo a la muerte.  Ya hemos discutido que la enfermedad y la vejez son preludios de la muerte.  Si Cristo no vuelve, la muerte es la ruta a nuestro hogar para estar con el Señor.  La muerte siempre es una experiencia única para cada Cristiano.  Es una aventura que nadie más puede compartir.

La vieja naturaleza percibe a la muerte como ladrona de todas las cosas materiales y si lo es.  La muerte rompe los vínculos terrenales.  Los seres queridos son separados, se deja la casa, y las amistades son cortadas.  La muerte, para la vieja naturaleza, es una muerte verdadera, ya que la vieja naturaleza del Cristiano no existe después de ella.  (Eso por sí solo debe quitar mucha de la angustia asociada con morir.)

La perspectiva de la nueva naturaleza sobre la muerte alcanza una culminación gloriosa.  “Pero cobramos ánimo y preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor” (2 Corintios 5:8).     

La nueva naturaleza reconoce que la muerte fue alguna vez su enemigo pero ya no lo es, ya que ésta cree, “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón?” (1 Corintios 15:55).

Por Craig Massey

Este artículo también está disponible en:  Inglés

 

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