Si, ¡la autoestima es nuestro problema!

Será mejor que lo admita desde el principio: Si me quiero.  Y sospecho que la mayoría de las otras personas también se quieren, hasta aquellos que se quejan de lo terrible que son y los que parecen tener baja autoestima.  Entonces ¿qué hay de los psicólogos populares que me dicen que necesito quererme más, mejorar mi autoconcepto, que me desarrolle personalmente, y que me autorealice?

Los críticos sociales nos dicen que el narcisismo es un ingrediente central de nuestra cultura.  Publicaciones de autoayuda y revistas sobre mejoramiento del cuerpo abundan.  Hasta escritores Cristianos se han unido a la cruzada de evaluación personal.

¿Tener una autoimagen pobre será realmente la raíz de todos los males? ¿Deberíamos concentrarnos en desarrollar nuestra autoestima, sentirnos mejor sobre nosotros mismos, convenciéndonos de que estamos bien? ¿Qué hay del dicho moderno, “Debes amarte a ti mismo antes de que realmente puedas amar a otros”?

Empecé a mirar detenidamente la psicología del “yo” cuando estaba aconsejando como pastor y después como profesor en una universidad Cristiana.  Doug vino a hablar conmigo un día (como lo había hecho muchas veces antes).  Se sentía mal sobre sí mismo otra vez, agobiado por sus propias fallas.  Era socialmente raro.  Parecía estar en su propio mundo.  En otras ocasiones yo había tratado de ayudarlo a mejorar su concepto personal.  Eso funcionaba por un rato–después se hundía de nuevo en el abismo.

Esta vez me di cuenta de lo egocéntrico que era Doug.  Él no necesitaba estar más preocupado consigo mismo.  Su problema verdadero era que él era orgulloso y poco dispuesto a aceptar quien era (defectos y todo) y por lo tanto estaba perdido en autocompasión.  

“Doug,” le dije, “Yo no creo que tu problema es uno de pobre concepto propio, de hecho creo que eres bastante orgulloso.  La razón por la que te sientes inadecuado y desdichado a veces es porque lo eres… igual que el resto de nosotros.  ¿Por qué no aceptas quien eres y sigues con tu vida? Olvídate de ti mismo e interésate en otra gente y sus problemas.”  

La cara de Doug cambio de sorpresa a horror a incredulidad… y luego a una sonrisa.  Él nunca había escuchado un consejo así.  Ciertamente él no esperaba escucharlo de mi.  Pero mientras continuábamos hablando, sus ojos empezaron a iluminarse y una libertad nueva se apoderó de él–la libertad de la esclavitud de preocupación por sí mismo, la libertad que viene cuando te echas una mirada honesta a ti mismo por primera vez.

¿Cuánta gente no ha sido aconsejada sobre la introspección, buscando sentirse mejor sobre ellos mismos sólo para ser atrapados (a veces por meses o años) en la telaraña oscura del egocentrismo?

Paul Vitz examinó esta manía en Psychology as Religion:  The Cult of Self-Worship (Eedmans) (Psicología como Religión:  El Culto de la Egolatría).  Él señala como ha impregnado nuestra cultura, nuestro lenguaje, y hasta nuestras instituciones Cristianas.  Lo vemos en seminarios de autoayuda, en grupos de culto como la Meditación Trascendental, en la mirada introspectiva de las religiones orientales. Lo vemos en el fracaso de matrimonios cuando un cónyuge decide que él o ella no puede alcanzar satisfacción en esa relación y busca a otro que pueda ofrecerle satisfacción.  Después de todo, ¿acaso no todos tenemos un derecho inalienable de alcanzar nuestra satisfacción personal?  

Otros psicólogos investigadores han reexaminado los principios del egocentrismo.  David G. Myers dice, “Nuevas investigaciones revelan que el error más común en la autoimagen de la gente no es la baja autoestima, sino un ‘sesgo por interés personal’; no el complejo de inferioridad sino el complejo de superioridad.  Estos experimentos proveen un recuento nuevo de la sabiduría Cristiana antigua sobre el predominio del orgullo.”  

Para apoyar sus conclusiones, Myers señala estudios que indican que la mayoría de la gente se considera mejor que el promedio en casi cualquier escala. ¿Podríamos ser todos mejor que el promedio? “Aún así,” escribe Myers, “la mayoría de la gente de negocios cree tener más ética que el negociante representante del promedio.  La mayoría de los estadounidenses se perciben a sí mismos como más inteligentes que el promedio de la gente.”

Es más probable que la gente acepte responsabilidad por un éxito que por un fracaso.  La gente es propensa a creer cumplidos falsos.  Tienden a modificar su pasado para que sea más favorable a sus actitudes actuales. La evidencia apunta a la conclusión de que nosotros tenemos una percepción poco realista y exagerada de quien somos y de nuestras habilidades.

“Pero,” dices tú, “la mayoría de la gente (incluyéndome a mi) parece tener una autoimagen baja.”  Puede que eso parezca verdad en la superficie porque pocos de nosotros estamos dispuestos a revelar nuestros pensamientos egocéntricos–aún a nosotros mismos.  Esta más de moda ser modesto en nuestra sociedad, pero la autodegradación no es necesariamente lo opuesto del orgullo.  Usualmente es sólo una forma diferente de orgullo.  Si yo estoy preocupado por lo terrible que soy y tú estas preocupado por lo maravilloso que eres–los dos somos egocéntricos, ya sea por autocompasión o por arrogancia.

La Biblia nos enseña que nuestro problema básico no es la baja autoestima.  No es que no nos queremos lo suficiente. Más bien, estamos predispuestos al egoísmo, al orgullo, y a la egolatría.  

Tendemos a adorar a la criatura en vez de al Creador (Romanos 1:25).  De los siete pecados más abominables, los “ojos soberbios” es el primero de la lista (Proverbios 6:16-17).  El camino del mundo es representado por el trío:  la pasión de la carne, la pasión de los ojos, y la arrogancia de la vida (1 Juan 2:16).  A la cabeza de la lista de los pecados que caracterizan los últimos días es que los hombres se volverán “amadores de sí mismos” en vez de amadores de Dios (2 Timoteo 3:2-4).  Pablo discute que los esposos deben amar a sus esposas como a sus propios cuerpos, “porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo”  (Efesios 5:28-29).  Esto no indica que tenemos un problema amándonos a nosotros mismos.  La Escritura nos llama a apartarnos de nosotros mismos para amar a Dios y a otros.  

C. S. Lewis y los padres de la iglesia correctamente identifican al orgullo como el Gran Pecado.  En Mero Cristianismo, Lewis escribe, “El orgullo es un cáncer espiritual que se come la única posibilidad de amor o de contentamiento e incluso de sentido común… El orgullo conduce a todos los demás vicios: es el estado mental completamente anti-Dios.”

John Stott y otros han cuestionado el movimiento de amarse a sí mismo.  En Christianity Today (El Cristianismo Hoy), Stott escribe, “Un coro de muchas voces está cantando al unísono hoy diciendo que debo amarme a mi mismo a toda costa:  que el amor propio necesita agregarse para amar a Dios y al prójimo como si fuera un mandamiento bastante descuidado; y consecuencias terribles me alcanzarán si me rehúso–frustración, depresión, hostilidad, inercia, y muchas cosas más.”  No es sorprendente que el día de hoy muchos toman el mandamiento de Jesús de “amar al prójimo como a ti mismo” y reversan totalmente su enfoque para convertirlo en un mandamiento de amarse a sí mismo.  

Jesús simplemente estaba reconociendo un hecho de la humanidad.  Nosotros nos amamos a nosotros mismos bastante.  Esa es nuestra orientación natural.  El problema es amar al prójimo.

Jesús puso en claro que debemos negarnos a nosotros mismos.  Nos llamó a perder nuestras vidas para su beneficio.  En hacer eso nos encontramos a nosotros mismos verdaderamente.  También nos dice Pablo que consideremos a los demás más importantes que a nosotros mismos.  (Filipenses 2:3.) y que nos demos preferencia unos a otros.  (Romanos 12:10).  Este tipo de enseñanza se llama “teología del gusano” en algunos círculos Cristianos porque parece contradecir la doctrina del amor proprio.  

No estoy abogando que regresemos a la vieja preocupación Puritana con la mentalidad de “que gusano tan asqueroso soy.”  Eso todavía es egocentrismo.  Necesitamos salir fuera de nosotros mismos, volvernos menos introspectivos, olvidarnos de nosotros mismos, y perder nuestra vida para así poder encontrarla.  

¿Pero qué hacemos con los sentimientos de inferioridad? Tal vez la solución no es analizarnos más.  Cuando Dios llamó a Moisés (Éxodo 3) para ir al Faraón y sacar al pueblo de Israel fuera de Egipto, Moisés respondió muy típicamente con, “¿Quién soy yo? Yo no podría hacer algo así.”  

El Señor nunca contestó esa pregunta; era la pregunta equivocada.  Pero sí empezó a enseñarle a Moisés quien lo estaba llamando a hacer esta tarea.  Puede que hubiésemos esperado que Dios dijera, “Bueno, Moisés, veo que tienes problemas de baja autoestima.  Más vale que trabajemos en mejorar tu autoconcepto.” O Dios le pudo haber dado una charla motivacional, “Vamos, Moisés.  Tu puedes hacerlo. ¡No te sientas tan mal contigo mismo!”

En vez, Dios trató de mejorar el concepto que Moisés tenía de Dios.  Él no estaba interesado en reforzar la autoconfianza de Moisés.  Simplemente dijo, “Yo estaré contigo.”   “¿Pero quién es ‘Yo’?” dijo Moisés.  “Yo soy el Dios de Abraham, Isaac, y Jacob, el gran YO SOY, el Dios que hace milagros, el Santo de Israel.  Yo estaré contigo.”  ¿No es esa mejor terapia que tratar de desarrollar la fuerza de nuestro ego?

Cuando Moisés entendió quién era Dios y que Dios estaría con él, sus propios miedos e insuficiencias pasaron a segundo plano.  Si estamos atormentados por nuestras propias debilidades, es porque o estamos tratando de hacer algo que Dios no nos llamó a hacer, o porque no le creemos a Dios cuando nos dice que Él irá con nosotros.  

¿Entonces cómo deberíamos vernos a nosotros mismos como Cristianos?  La respuesta:  realísticamente, como Dios nos ve.  Es verdad que fuimos creados a la imagen de Dios y somos la corona de su creación.  Por lo tanto debemos tenerle reverencia a la vida humana–la nuestra y la de nuestros prójimos seres humanos.  Sin embargo, somos criaturas caídas, y con nuestra tendencia a exaltarnos, una buena dosis de humildad no nos caería mal.  El orgullo es auto-engaño, ignorancia de la verdad sobre nosotros mismos.  Respondamos como el publicano, “Dios, ten piedad de mí, pecador;” no como el Fariseo, “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres.”  (Lucas 18:11-13.)

Debemos ver nuestros talentos y habilidades especiales como regalos de Dios.  “Porque ¿quién te distingue? ¿Que tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido? (1 Corintios 4:7).

Deberíamos de vernos a nosotros mismos como personas perdonadas.  Estoy consciente de que hay algunas personas que de hecho se odian a sí mismas y se inclinan a la autodestrucción.  Esto es poco común y no el problema típico en nuestra sociedad. Pero la cura debe ser a través de la aceptación radical de la gracia y el perdón de Dios.  

La meta es el olvidarse de uno mismo.  Como lo sugiere C. S. Lewis en Mero Cristianismo, “Si conoces a un hombre verdaderamente humilde, él no estará pensando en la humildad; no estará pensando en si mismo en absoluto.”

Dan Denk

Este artículo también está disponible en:  Inglés

 

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